Santa Rosa: El centro comercial que se duerme en su propia basura
El domingo por la tarde, Santa Rosa ofrece un espectáculo que ningún turista espera y que ningún vecino debería tolerar. Mientras la ciudad intenta posicionarse como un polo de atracción regional, sus comerciantes y algunos vecinos ofrecen, en el día de su patrona, una postal de abandono y contradicción que da vergüenza ajena.
Ayer, a las 16 horas, los cestos del centro ya rebosaban. No era una excepción, es la regla de todos los fines de semana. Bolsas de residuos apiladas en las veredas, restos orgánicos esparcidos, olores que invaden el aire y una imagen que cualquier forastero describiría como "floreros de basura". Y todo esto ocurre a plena luz del día, en el horario en que otras ciudades muestran su mejor cara.

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La excusa no cuela. El municipio entregó notas, estableció horarios, pidió expresamente que los residuos se saquen después de las 21 horas. Pero parece que la orden quedó en el papel, porque la realidad es tozuda: entre las 14 y las 18 horas, cada domingo, la calle se convierte en un basurero a cielo abierto. ¿Tan difícil es esperar unas horas? ¿Tan poco nos importa la imagen que proyectamos?
Pero la basura es solo el síntoma más evidente de un mal mayor. El domingo, Santa Rosa es un desierto comercial. Cortinas bajas, persianas metálicas, carteles de "cerrado" que se multiplican mientras el visitante camina sin encontrar una tienda abierta, un local que le dé vida a la ciudad.
Y este abandono ocurre precisamente el día en que se honra a Santa Rosa de Lima, nuestra patrona. Ironías del destino: cerramos los comercios y abrimos los tachos de residuos.
Los comerciantes exigen, protestan, piden más presencia del Estado, más promoción, más turismo. Pero mientras tanto, su propia institución, el Centro Comercial, navega a la deriva, acéfala de ideas, sin capacidad de convocatoria, sin propuestas que motiven ni involucren. Y el municipio, en lugar de exigir y coordinar, se limita a entregar notas que nadie respeta y a mirar para otro lado cuando el desastre se consuma.
Pretendemos compararnos con localidades vecinas, con ciudades que han sabido reinventarse, que entienden que el turismo cambió, que el consumo cambió, que el mundo cambió. Pero aquí seguimos anclados en la misma lógica: abrir cuando queremos, cerrar cuando nos parece, y sacar la basura cuando nos viene en gana, sin importar que la ciudad quede hecha un asco.
La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿nosotros cambiamos? Porque el turismo no va a esperar a que nos pongamos las pilas, y el visitante no vuelve a un lugar donde encuentra basura y comercios cerrados. Necesitamos una autocrítica dura y sincera. No alcanza con señalar al otro, hay que mirarse al espejo y ver la imagen deplorable que ofrecemos.
Santa Rosa merece algo mejor que esta postal dominguera. Merece comerciantes comprometidos, un centro comercial con liderazgo, un municipio que exija y acompañe, y vecinos que entiendan que la ciudad no es solo el lugar donde vivimos, sino la carta de presentación que mostramos al mundo. Porque si seguimos así, el único espectáculo que ofreceremos será el de nuestra propia desidia.
Y eso, señores, sí que da vergüenza.
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