El doble discurso de la “nueva política”: en Córdoba toman licencia, en Santa Rosa se aferran al cargo
Si algo nos ha enseñado la política argentina en las últimas décadas es que la coherencia no es moneda corriente. Pero cuando un funcionario construye su discurso público sobre la base de criticar al otro, de señalar con el dedo y de proclamarse como el adalid de una “nueva forma de hacer política”, cualquier contradicción entre lo que predica y lo que practica deja de ser un simple desliz para convertirse en una hipocresía mayúscula.
El caso del secretario de Desarrollo Urbano de la Municipalidad de Córdoba, Diego Peralta, es un ejemplo de cómo deberían actuar quienes están bajo la lupa de la Justicia. Imputado por la Justicia provincial en el marco de una investigación por presuntas irregularidades en la Caja de Previsión de la Ingeniería, Arquitectura y Agrimensura, Peralta tomó licencia y dejó su cargo transitoriamente. Sin eufemismos, sin excusas berretas, sin declaraciones grandilocuentes. Un comunicado escueto, frío, pero efectivo: se va, no cobra sueldo mientras dure la investigación, y delega funciones. Punto.
No importa si es inocente o culpable. La Justicia dirá. Lo que importa, y mucho, es el gesto político: el cargo no está por encima de la dignidad institucional. Peralta entendió que el solo hecho de estar imputado ya genera una sombra de duda que ensucia la función pública, y por eso dio un paso al costado. No es heroísmo, es lógica republicana elemental. Es lo que debería ser normal en cualquier democracia que se respete.
Pero claro, la normalidad no parece ser el fuerte de todos los dirigentes. Y aquí es donde el espejo se vuelve incómodo, especialmente para ciertos actores de nuestra querida Santa Rosa.
Porque mientras en Córdoba un funcionario imputado toma licencia, en Santa Rosa el presidente del Concejo Deliberante Estanislao Eraso está procesado por la Justicia y, sin embargo, continúa sentado en su banca, ejerciendo funciones, cobrando su sueldo y, peor aún, pretendiendo dar lecciones de ética y de “nueva política”.
¿Nueva política? ¿La que defiende a capa y espada el líder de ese espacio, Rodrigo De Loredo, que tanto se cansa de criticar los vicios de la vieja política, de la corrupción, de los privilegios y de la falta de transparencia? Porque es ahí donde el zapato aprieta: no puede haber un relato de “cambio” si al primer escollo judicial, en lugar de hacerse a un lado para allanar la investigación, se aferran al cargo como náufragos a un tablón.
Si De Loredo y su espacio político quieren ser creíbles cuando levantan la bandera de la transparencia, deberían exigirle a sus propios cuadros lo que exigen a los demás. No puede ser que la vara para medir la ética sea alta cuando se trata del adversario, y baja hasta el piso cuando se trata de los propios.
El mensaje que se envía desde Santa Rosa es ruin y peligroso: “A mí no me pasa”, “yo soy diferente”, “esto es una persecución política”. Son los mismos argumentos de siempre, los de la política tradicional que tanto dicen repudiar. Es el manual del “aguante” institucional, donde el cargo es un botín que no se suelta ni aunque la Justicia llame a la puerta.
¿Qué ejemplo se le da a la ciudadanía? Que la ley es para los demás. Que el procesamiento es sólo un papel. Que la ética es un discurso de campaña, no una práctica de gestión.
Por eso, desde esta editorial, le decimos al presidente del Concejo Deliberante de Santa Rosa: mire a Córdoba, aunque le duela. No hace falta que espere la sentencia firme. La licencia de Peralta no es un acto de debilidad, es un acto de responsabilidad. Es poner la institución por encima del individuo. Es entender que un cargo público se ejerce, no se posee.
Si realmente siguen a De Loredo y su prédica de renovación, entonces que dejen de hacer lo que critican. Que tomen el ejemplo. Que pidan licencia. Que se sienten en el banquillo de los acusados sin arrastrar el nombre del Concejo Deliberante. O, al menos, que dejen de predicar con el ejemplo ajeno cuando el propio está manchado.
La coherencia no es un lujo, es una obligación. Y en política, la falta de ella se paga caro. Porque la gente ya no cree en discursos; cree en actos. Y los actos, en este caso, están mostrando dos caras de una misma moneda: una que se retira por dignidad, y otra que se aferra por conveniencia. ¿Cuál de las dos es la “nueva política”? Eso, estimado lector, ya lo sabrá juzgar usted.
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